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Una pequeña anécdota

Hace algún tiempo, paseando por el parque con una amiga, le expliqué brevemente lo que es la sociocracia, un sistema de gobierno que distribuye el poder de decisión a grupos descentralizados y autónomos de personas que participan en rondas como iguales para deliberar y utilizar el consentimiento para tomar decisiones. Tras asentir un poco, dijo “entonces… ¿en qué se diferencia de la anarquía?”

 

“Radical significa simplemente agarrar las cosas desde la raíz”

-Angela Davis

 

Para responder a la pregunta detalladamente, demos un paso atrás y preguntémonos: ¿qué es el anarquismo? Etimológicamente, desde sus raíces griegas, “an-arquía” significa simplemente “sin gobernante”. Con el tiempo, el anarquismo ha pasado a denotar una filosofía política y un movimiento social que aboga por sociedades sin Estado basadas en asociaciones libres y voluntarias. Lamentablemente, el término “anarquía” también ha sido cooptado y mal utilizado como sinónimo de “caos” o falta de orden, a menudo asociado con imágenes de gente rompiendo ventanas o incendiando cosas. La realidad es que el “anarquismo” por sí solo es un término paraguas que puede abarcar una amplia gama de ideas y prácticas políticas y filosóficas, a menudo en profundo conflicto entre sí. El tipo de anarquía con el que sueño, es el que gira en torno a cultivar comunidades con capacidad de autodeterminación satisfaciendo sus propias necesidades (materiales e inmateriales), basadas en valores como la cooperación y el cuidado mutuo. Así, los ejercicios anarquistas que me interesan tienden a practicar la autogestión como una acción política. Este tipo de anarquismo podría enunciarse con más precisión como “nos auto-gobernamos” que con el más rudimentario (y demasiado simplista) “no hay gobierno”.

¿Y qué es entonces la sociocracia? Las raíces etimológicas del término “sociocracia” (que también son griegas) son “socios” (igual que en “sociología”) y “kratia” (igual que en “democracia”). “Socius” significa compañero o pareja, y “kratia” se refiere a la gobernanza o, más concretamente, al uso del poder (“kratos”). Así que, en el fondo, la sociocracia significa “gobierno entre pares”, o, más profundamente aún: “poder compartido”, lo que encaja perfectamente con el tipo de anarquismo en el que creo.

Lo que le respondí a mi amiga en el parque el otro día es que veo la sociocracia como una forma particular de poner en práctica valores anarquistas. Puede ser una de las muchas herramientas utilizadas para acercarse a esa sociedad libre, autogestionada y sin Estado. La sociocracia nos da una probada, a través de la experiencia directa, de cómo podría ser esa sociedad emancipada. Las organizaciones autogestionadas nos dan un lugar para ensayar esa sociedad, para practicar las habilidades necesarias tanto para construirla como para vivirla. Además, creo que la sociocracia puede encajar en una estrategia política revolucionaria más amplia,  valiente y tácticamente diversa para lograr la utopía anarquista.

 

Hagamos camino al andar

¿Qué quiero decir con “ensayar” la sociedad anarquista?

Parto de la premisa básica de que las organizaciones son un punto hiperestratégico para construir cambio socio-político. En primer lugar, porque las propias organizaciones suelen ser un instrumento para efectuar el cambio en el mundo: su objetivo suele girar en torno a la realización de algún tipo de transformación o impacto deseado. En segundo lugar, porque la sociedad es un conjunto de organizaciones, y estructurar nuestras organizaciones de manera diferente podría ser una aproximación a la transformación de la sociedad en su totalidad desde las bases. Por último, nuestra individualidad está conformada por las organizaciones en las que participamos; nuestras organizaciones y relaciones son nuestro espacio principal de presencia en el mundo, donde exhibimos  comportamientos, por tanto, también el lugar para transformarlos, es decir, para deconstruirnos y reconstruirnos.

Una organización anarquista, ya sea una okupa, una cooperativa de trabajo, una red de apoyo mutuo, un capítulo de Comida No Bombas, o lo que sea, es un ejercicio anarquista no sólo en el hacer de sus actividades y los valores que hay detrás de ello, sino también como “propaganda por el hecho”: la idea de predicar con el ejemplo e inspirar a otras con nuestras acciones revolucionarias. Cualquier proyecto autogestionado pone a prueba la idea de que sí podemos autoorganizar la satisfacción de las necesidades y la reproducción de la vida sin instituciones centralistas (como la policía y otros aparatos estatales) que se justifican en la lógica paternalista de hacer las cosas “por” o “para” las masas. Si la tesis principal de la teoría anarquista es que podemos escalar el ethos del “házlo tú mismx” (DIY, por sus siglas en inglés) y aplicarlo a la sociedad en general, entonces el autogobierno significa tomarnos esto en serio y ponerlo en práctica.

Los procesos y operaciones de las organizaciones (el “qué” y el “cómo” de su hacer) deben estar en armonía con su propósito (el “por qué” detrás de los otros dos). Si el “qué” en el hacer de la organización son sus operaciones cotidianas o actividades principales (que pueden variar mucho de unas a otras), el “cómo” es la estructura organizativa y los procesos de la labor, que es donde reside la praxis anarquista de la autogestión.

El gran fracaso de los movimientos revolucionarios más tradicionalmente militantes del siglo XX (pienso principalmente en los movimientos de corte marxista o sindicalista) fue intentar instituir, de arriba abajo, valores liberadores como el igualitarismo a través de estructuras explícitamente opresivas e inefaces. La naturaleza intrínsecamente heterónoma de dichas estructuras, es decir, el centralismo y las jerarquías verticales, las hizo más fácilmente corruptibles en el tiempo. Por el contrario, en una reacción aparentemente dialéctica a eso, la tendencia que he notado en alguos grupos anarquistas que he convivido ha sido la de huir de las estructuras, demonizando las estructuras como inherentemente opresivas.

En resumen, aspirar a “no tener estructuras” (o pretender no tenerlas) es una falacia. Dos artículos en particular hacen un excelente trabajo explicando esto: La tiranía de la falta de estructuras, de Jo Freeman, lo describe en el contexto del movimiento feminista de los años 70, y El mito del flujo natural, de Ted Rau, lo aborda a través de la lente sociocrática. La idea básica es que cada vez que estamos en grupo (que es la mayor parte del tiempo), el poder está presente, y tiende a configurarse de alguna manera. Así, cuando afirmamos que “no tenemos estructuras”, lo que acabamos haciendo es invisibilizar las estructuras bajo las que estamos operando, y tenderemos a volver a lo que nos resulta familiar, que es el statu quo.

Cuando simplemente negamos las estructuras en lugar de transformarlas, nos encontramos reproduciendo los patrones tóxicos con los que tenemos demasiada familiaridad: jerarquías, dominación, centralización, abusos de poder, etc. Me gusta llamar este último fenómeno “la fractalidad (o autorreplicación) de la violencia”: le gritamos a estudiantes porque nuestros profesores nos gritaron a nosotros, y ellos nos gritaron a nosotros porque sus profesores les gritaron a ellos, y así sucesivamente; la inercia cultural de la costumbre hace que el círculo vicioso de la violencia sea difícil de romper y transformar.

Dejemos de pretender que “no hay estructuras”, porque a menudo eso sólo conduce a desequilibrios de poder aún más pronunciados debido a la falta de formas explícitas de abordar y alterar nuestras propias estructuras de poder. En su lugar, diseñemos nuestras propias estructuras con intencionalidad y seamos transparentes sobre ellas, revisándolas constantemente para ver si están satisfaciendo nuestras necesidades en consonancia con nuestro propósito político y adaptándolas consecuentemente.

La sociocracia proporciona una estructura tal, incorporando una serie de herramientas y prácticas de diferentes tradiciones e integrándolas en un todo sólido, un sistema de autogobierno. Además, la capacidad de los grupos para reapropiarse de los métodos sociocráticos y ajustar las prácticas según las necesidades está incorporada al sistema; por eso, en parte, también se denomina “gobernanza dinámica”. El sistema de gobernanza es adaptado constantemente a las necesidades de su contexto por sus miembros, especialmente a través de dos de sus componentes principales: el método de toma de decisiones por consentimiento y los procesos de retroalimentación y evaluación.

La unidad básica de toma de decisiones en la sociocracia se llama círculo. Los círculos son grupos de personas con un objetivo definido y un “dominio”, un área sobre la que tienen autoridad para tomar decisiones. Quienes trabajan en conjunto, deciden en conjunto. Durante las reuniones, los miembros del círculo participan en rondas para ayudar a garantizar la equivalencia en el uso de la palabra y tomar decisiones por consentimiento.

En la sociocracia, el “consentimiento” se define “ninguna objeción”. Se diferencia del consenso (utilizado a menudo en los espacios anarquistas) en un aspecto muy pequeño, pero definitorio: hay montones de formas de practicar el consenso (la falta de una definición formal también lo hace ambiguo), pero generalmente tiende a interpretarse y practicarse como unanimidad, o “todas estamos de acuerdo”. El consentimiento, por otra parte, en la tradición sociocrática, se define más explícitamente como “nadie se opone”. Esto ayuda a garantizar el credo sociocrático básico de “todas las voces y todas las necesidades importan”, pero también tiene una implicación más pragmática: cuando nos esforzamos por que “todas estén de acuerdo” involucramos automáticamente nuestras preferencias personales, que son más difíciles de hacer coincidir. Al buscar el consentimiento en una decisión que es “suficientemente buena por ahora y suficientemente segura para intentarlo”, en realidad ampliamos la posibilidad de que nuestros rangos de tolerancia se superpongan.

El consenso es más fácil de pervertir por las dinámicas de poder asimétricas, ya que no hay una definición clara de lo que cuenta como una objeción válida, y si no hay una estructura clara acordada para garantizar que se escuchen todas las voces (como las rondas), las identidades tradicionalmente hegemónicas dominarán la conversación. En el consentimiento, definimos las objeciones como “la preocupación de que llevar a cabo la propuesta en cuestión tendrá un impacto negativo en la capacidad del círculo para cumplir su objetivo”. De este modo, cada objeción se ve como un regalo para el grupo: alguna información relevante que, de otro modo, habríamos pasado por alto.

Manejar las objeciones con cuidado requiere una gran inteligencia emocional. Este es otro aspecto en el que creo que la sociocracia nos permite ensayar valores anarquistas como el cuidado mutuo a un nivel interpersonal profundo, y a probar la liberación en nuestras relaciones. En un mundo en el que discutir es una forma habitual de afirmar la jerarquía y la dominación, comprometerse a aceptar las necesidades y los sentimientos de todos los miembros del círculo es un acto revolucionario de amor y cuidado. Como la mayoría de las personas no acostumbramos este tipo de prácticas desde la infancia, se necesita tiempo y espacio para practicar estas habilidades socio-emocionales (como la Comunicación No Violenta, la escucha activa, la empatía profunda, etc.), que son necesarias para la emancipación. A través de la práctica constante en nuestra cotidianidad organizativa, ojalá podamos convertirlas en un hábito y encarnar así un “anarquismo interpersonal”.

 

Autodisciplina radical

Los dos principios fundamentales de la sociocracia son la equivalencia y la eficacia. El primero se alinea perfectamente con los valores igualitarios del anarquismo, encarnados en la participación en rondas y el compromiso al cuidado mutuo abrazando el consentimiento. Sin embargo, el segundo puede encontrar más resistencia en espacios anarquistas. Es importante señalar que la “eficiencia” aquí no se entiende en la noción capitalista y explotadora de conseguir más trabajo en menos tiempo. Prefiero enmarcarlo como “¿Qué tan cerca estamos de cumplir nuestros objetivos?” La eficacia en la sociocracia se mide en términos de las necesidades que nos proponemos satisfacer como grupo u organización.

Esta es la parte de la sociocracia que me atrapó y me hizo pasar cada vez menos tiempo en espacios anarquistas. Muchos de los espacios anarquistas que he convivido, a menudo se quedaban en un plano teórico, intelectual, y pasaban demasiado tiempo discutiendo en asambleas de estilo de debate sin un claro enfoque compartido, y eso rara vez conducía a alguna acción concreta. Me resultaba agotador e ineficaz, y a menudo me hacía preguntarme “¿cuándo vamos a hacer realmente las cosas que nos proponemos?”

Si el movimiento anarquista se quiere tomar en serio misiones tan ambiciosas como la abolición del Estado, entonces nuestras organizaciones tienen que ser mucho (MUCHO) más eficaces en más de un sentido. Podríamos ser mucho más competentes y autodisciplinados a la hora de responsabilizarnos a nosotros mismos y a los demás en cosas básicas como empezar y terminar las reuniones a tiempo, tomar notas claras, hacer un seguimiento de las tareas a las que nos hemos comprometido, etc. Comprendo que estas prácticas se asocien a la rigidez de los entornos jerárquicos, pero también tienen un claro propósito de atender ciertas necesidades que no se pueden descartar sin más. La eficacia consiste en gran medida en hacernos responsables de nuestros acuerdos e intenciones.

Bajo este paradigma, la sociocracia proporciona una serie de procesos para la eficacia, sobre todo a través de mecanismos regulares de retroalimentación y evaluación.

Al principio de cada reunión, tenemos una ronda para compartir cómo estamos (reconnociendonos mutuamente en el espíritu del bienestar y cuidado). Y al final, compartimos cómo nos vamos de la reunión, abriendo un espacio para la evaluación inmediata en nuestro proceso de reunión.

Cada decisión sobre políticas internas tiene también un plazo de revisión, para evaluar cómo su aplicación ha satisfecho la necesidad que pretendía atender; así podemos reajustar en función del aprendizaje empírico.

Del mismo modo, cada vez que se selecciona a alguien para un rol, como facilitación o guardián de memoria, el rol tiene un periódo de revisión. Cuando termina el periódo, el círculo realiza una evaluación de desempeño, un acto de honestidad radical en el que nombramos lo que ha funcionado bien y lo que podría haber sido diferente para satisfacer nuestras necesidades, siempre con un espíritu de mejora constante. Por supuesto, estos procesos requieren una profunda habilidad y resiliencia emocional, pero también conducen a niveles asombrosos de conexión humana. Cada vez que he participado en uno de ellos, salgo con un renovado sentido de comunidad y camaradería.

Para mí, estos procesos de retroalimentación demuestran que la eficacia no está en conflicto con el cuidado mutuo. Todo lo contrario: en las organizaciones centradas en las necesidades, son una y la misma cosa.

 

Hacia la autonomía territorial: algunas posibilidades

Tengo claro -ya que lo he vivido en carne propia- que la sociocracia puede darnos una probada de liberación y comunidad por el sentido radical de conexión e interdependencia que genera en los círculos. Estoy convencido de su poder transformador a nivel personal e interpersonal. Sin embargo, sigue siendo un problema abierto la cuestión de si la sociocracia (u otras prácticas similares) podría formar parte de una estrategia política más amplia, con objetivos más explícitamente anarquistas como la abolición del Estado y de sus aparatos más horribles como la policía, el ejército, las prisiones, etc. ¿Podría la sociocracia ser realmente utilizada por las comunidades para autogestionar sus propios territorios y construir una verdadera autonomía a gran escala?

Se trata de una cuestión amplia y abierta, que va más allá del alcance de esta publicación, pero tengo algunos puntos que pueden arrojar luz sobre el tema. La principal forma en que veo que encaja en una agenda política más amplia y revolucionaria es a través de lo que se ha llamado “Poder Dual”: la idea de que para alcanzar la autodeterminación en las circunstancias actuales, debemos tanto construir una autonomía política fuera del establecimiento hegemónico, como hacer esfuerzos para tomar el poder dentro de las formas de gobierno centralista ya establecidas, específicamente a nivel hiperlocal.

En otras palabras, si podemos autoorganizar la satisfacción de las necesidades económicas y políticas más básicas de nuestras comunidades, eso dejaría obsoleto el aparato estatal. Por ejemplo, si podemos autogestionar las necesidades de paz, justicia y seguridad de nuestras propias comunidades, por ejemplo a través de los círculos de justicia restaurativa, la presencia policial-militar dejaría de estar justificada en nuestras comunidades. Y, como complemento, si “sociocratizamos” nuestros órganos de gobierno local, como alcaldías o gobiernos municipales, por ejemplo, los miembros de nuestra comunidad podrían tener poder decisivo sobre (y, lo que es más, el derecho a objetar) la presencia de la policía en nuestras comunidades.

Entiendo que el ejemplo puede ser demasiado simplista, ya que particularmente el caso de la policía está lleno de dimensiones políticas complejas como la violencia, la raza, el colonialismo, etc., pero el punto reside en la construcción del Poder Dual y el papel que la sociocracia (así como muchas otras herramientas) podría jugar como una de las muchas tácticas utilizadas en esa estrategia pluralista. La parte de la “sociocratización” de las instituciones gubernamentales ya existentes se ve aún más problematizada por el hecho de que la sociocracia fue diseñada para organizaciones centradas en objetivos específicos y concretos; mientras que esforzarse por satisfacer las necesidades de todas las habitantes de un territorio delimitado puede dar lugar a varios objetivos diferentes en lugar de un enfoque más simple sobre el cuál basar nuestra toma de decisiones. Habría que revolucionar un sentido radical de interdependencia entre vecinas y vecinos para superar el actual paradigma de fragmentación y organizarnos comunitariamente.

Ya hay varias implementaciones de la sociocracia que se utilizan para gobernar proyectos colectivos de vivienda como comunidades intencionales y ecoaldeas, pero todavía no hay grandes territorios delimitados. Cabe preguntarse “¿hasta qué escala es adaptable la sociocracia?”

El método del círculo sociocrático se basa en delegar el poder de decisión de los círculos a los subcírculos en la medida de lo posible. Así, el poder de decisión está en manos de las personas más afectadas por las decisiones en cuestión, y las organizaciones pueden actuar de forma descentralizada pero coordinada. Los subcírculos pueden formar sub-subcírculos de forma recursiva tanto como sea necesario. Esto se adapta bien a la noción de diferentes niveles de gobierno local (que van desde el barrio, a la ciudad, al municipio, etc.), así como a la noción anarquista de federaciones y confederaciones. La “jerarquía” de los círculos y subcírculos no es una cuestión de poder vertical, sino de abstracción. Los subcírculos son subelementos “anidados” en sus círculos más abstractos o “superiores”. Los subcírculos tienen poder de decisión autónomo sobre un conjunto de elementos más específicos o detallados, mientras que los círculos más elevados o centrales lo tienen sobre un ámbito más amplio. Imagínate el acercamiento y alejamiento de los fractales.

El mayor experimento con el método del círculo hasta ahora es la Red de Comunidades Vecinales en la India. Las niñas, niños y jóvenes de diferentes barrios y aldeas se reúnen en círculos lo suficientemente pequeños como para que la voz de cada quien pueda ser escuchada sin necesidad de amplificación con un micrófono. Cada círculo elige una representante para el siguiente nivel inmediato de abstracción, ya sea más enfocado o más amplio. En la sociocracia, llamamos a esto el “doble enlace”, que asegura el flujo bilateral de información en toda la organización. Las personas que actúan como enlaces entre los círculos son miembros con pleno derecho de consentimiento en los círculos en los que participan, por lo que, más que una voz que simplemente “representa” los intereses del círculo, forman parte de la toma de decisiones con igual poder de consentimiento u objeción. El método sociocrático de círculos consiste en delegar el poder a los espacios que tienen la perspectiva más relevante para tomar decisiones sobre un tema determinado; quienes se verán más afectadas por la decisión son quienes formulan las propuestas y quienes tienen el poder de consentir u objetar.

 

Muchas voces, muchos mundos

En conclusión, quiero hacer una nota para decir que no creo que la sociocracia sea una panacea. Es una de las muchas herramientas que podrían ayudarnos a transformarnos a nosotras mismas y a nuestra sociedad en su conjunto. Para mí, ha tenido un impacto especial porque es la forma más concreta y eficaz de poner en práctica los valores anarquistas, como el igualitarismo radical y el cuidado mutuo, de una manera eficaz y accionable. Por lo tanto, se siente real y vivo.

Claro, hace uso de conceptos (como “autoridad”, “dominios”, “roles”, etc.) que frecuentemente provocan reacciones alérgicas en camaradas anarquistas. Pero la realidad es que estos conceptos tienen una fuente, una necesidad subyacente que tratan de satisfacer, y su incorporación a nuestras estructuras con claridad e intencionalidad puede hacer que sigan siendo de nuestra utilidad (como tecnologías que son), en lugar de ponernos a su merced. Además, la adaptabilidad del sistema es una de las características clave que conlleva la gobernanza sociocrática: tenemos la libertad de decidir -por consentimiento- no utilizar el consentimiento en una situación determinada y utilizar otra táctica más adecuada a las necesidades del contexto, por ejemplo en la ejecución de un plan de acción directa.

La sociocracia ha sido para mí la forma más satisfactoria de integrar lo pragmático con lo utópico hasta ahora. Hace un gran trabajo al sintetizar algunas de las dialécticas que veo en el corazón de la lucha anarquista; el balance entre la descentralización y la coordinación, la autonomía y la interdependencia, la libertad y el cuidado mutuo. Por eso nos gusta llamarlo “un sistema de gobernanza tan efectivo como afectivo.”

Por supuesto, la sociocracia por sí sola no pone fin a gigantescos sistemas de opresión como el capitalismo, el colonialismo o el patriarcado. Pero sienta las bases para que la gente use su voz y tenga agencia inmediata sobre su realidad, la capacidad de efectuar  cambio. Este es el poder en su entendido más básico, y creo que podemos empezar a tomarlo, a sujetarlo en conjunto.

 

Autogestión:

Los lunáticos dirigen el manicomio. Todavía no se les ha ocurrido dejarlo”.

Contradiccionario de Crimethinc

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