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Nosotros Somos el Otro

Parte I de la serie “Insinuaciones Hacia una Sociocracia de Liberación”

Primero fue la palabra…
La que hablaron los dioses primeros,
los más viejos,
los que nacieron el mundo… 

 

Desde tiempos inmemoriales, las personas nos hemos sentado alrededor del fuego a mirarnos las caras y a circular la palabra para contar historias, para narrar el mundo y así nombrarlo, significarlo y, por tanto, construirlo. Es en este espacio de diálogo donde tejemos – por medio de la palabra – la cultura: la realidad intersubjetiva en la que nos encontramos situados como sujetos. Es también aquí, en la fogata, donde deliberamos en conjunto para generar los acuerdos que regirán nuestro mundo, dándole forma y sentido. Por lo tanto, sentarnos en un círculo para compartir la palabra es el acto político por excelencia.

 

 

El círculo es un abrazo colectivo. Es, literalmente, una encarnación (como acto práxico-performativo) de nuestra interdependencia: la cristalización de un cuerpo social como un todo unitario. Representa de la forma más burda y explícita nuestra naturaleza gregaria como especie. Es un abrazo en el que cada uno trasciende su “yo” para formar el “nosotros”.

Para formar el círculo, la serpiente se muerde la cola: todas somos iguales en que todas somos diferentes. Cada miembro es un punto distinto de los que trazan la línea que delimita el círculo, todos convergiendo en un mismo plano horizontal. Esta es la noción central sociocrática de “equivalencia” (distinta de “equidad” o “igualdad”): nuestro punto de encuentro es la otredad misma. La riqueza del encuentro radica en nuestra diferencia.

En nuestra realidad intersubjetiva, invitar a alguien a sentarse en el círculo, ofrecerle un turno en la ronda, y escuchar lo que tenga que decir es la manera más contundente y genuina de validar su existencia. Decir “cuéntanos tu palabra, te escuchamos”, es decir “tú importas”, “a nosotras nos importas”, “te reconocemos”. El Otro trasciende su mera cualidad de otredad cuando es subsumido por la comunidad política del círculo para formar parte del “nosotros” y, así, pasar a existir, convertirse en sujeto.

Esta “ontología de la colectividad” la han plasmado notablemente los pueblos del Sur de África en su filosofía del Ubuntu, que podríamos parafrasear como “yo soy, en tanto que nosotros somos.” Enfaticemos su cualidad existencial: no hay sujeto (“yo”) sin comunidad (“nosotros”). Así como un árbol que cae en un bosque vacío no hace ruido porque no hay quien lo oiga, el “yo” no podría ser “yo” si no hay colectividad que le reconozca como tal. Mi cualidad de ser es necesariamente derivada de un reconocimiento por parte del Otro o, mejor dicho, del nosotros.

Es con todo este peso político-filosófico que vemos el compromiso sociocrático con el consentimiento como un compromiso radical al cuidado y la no-violencia: asumir la inquietud del Otro como propia es un acto revolucionario. Abrazar la voz del Otro es abrazar sus necesidades y su ser en su completud.

En un mundo donde el debate (como uso violento de la palabra) es una de las principales maneras de afirmar jerarquías de opresores y oprimidos, escuchar para entender (y no para responder) es un digno acto de rebeldía, un modesto pero genuino intento de encarnar el mundo en el que queremos vivir: uno en el que cada voz sea escuchada y ninguna sea ignorada en la satisfacción de nuestras necesidades.

Sabemos que otros mundos son posibles. No solo eso, sino que de hecho ya existen y, lo que es más aún: se están encontrando, se están entretejiendo y se están transformando a través del diálogo, de la palabra compartida.

 

 

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